Los monstruos de la Universal (IV): la máquina en movimiento

La rentabilidad demostrada por el género de terror no podía perderse y el estudio se convertirá en los años sucesivos en su referente. Una vez hecho propio el género, éste se codificará en una serie de elementos invariablemente presentes en todas las producciones: Universal había establecido su propio cliché, que a grandes rasgos, puede resumirse en: el monstruo, con su lado humano y su talón de Aquiles; la chica, víctima siempre; el científico cuerdo y desconfiado; la ausencia del héroe, porque el verdadero protagonista es el monstruo; el desarrollo de la historia fuera de los Estados Unidos, convirtiéndose Europa en un verdadero paraíso del terror, cuando no se ubica en lugares remotos y exóticos; y el happy ending, aunque éste suponga la muerte del monstruo, a veces más humano que las propias personas.

Granero de Frankenstein en llamas

En los sucesivos años, la galería de monstruos fue aumentando con nuevos personajes: momias, hombres invisibles, licántropos, científicos lunáticos, anfibios vengativos… Ante la escasez de ideas, los guionistas no tenían reparos en volver a los arquetipos creados y desarrollarlos hasta la saciedad, gracias a estas secuelas se pudo conocer a toda la familia de los clásicos e incluso verles compartir cartel.

La zíngara y los monstruos

Además, se creó un estrecho grupo de colaboradores, bastando una ojeada a los créditos de estas películas para descubrir un núcleo de nombres fieles y que no nos resultan ajenos. Así por ejemplo, en cuanto a dirección, nos encontramos a Whale o al fotógrafo Karl Freund; Jack P. Pierce al frente del departamento de maquillaje; Charles D. Hall como director artístico; o John Fulton a cargo de los efectos visuales y fotográficos.

Boris Karloff y Bela Lugosi

A su vez, la Universal confirmaba a sus dos grandes estrellas: Karloff y Lugosi, quienes, al principio por separado y más tarde juntos en algunas películas de tramas muy enrevesadas, se convirtieron en el estandarte del terror. A esta lista se unirían otros nombres como Lon Chaney Jr., o Claude Rains, éste último en ocasiones como monstruo y en ocasiones como víctima.

Chaney Jr., Lon_01

Este esquema productivo, si bien dio sus frutos en los primeros momentos, acabó por pervertir el género (la Universal produjo sesenta y siete películas de terror durante esta época) y degradarlo, hasta arrinconarlo en los despachos de la Serie B.

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No obstante, encontramos títulos fascinantes como La Momia, dirigida por el anteriormente mencionado Karl Freund, para lucimiento de Karloff. Este impresionante film toma lo mejor de Drácula (el regreso a la vida en busca de la amada perdida, los poderes hipnóticos, la inmortalidad) y de Frankenstein (el elaborado maquillaje o la ambigua bondad del personaje).

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O El hombre invisible, donde Whale volvió a confirmar su gusto por la combinación de comedia y tragedia. H. G. Wells felicitó personalmente al director por su obra.

El hombre invisible con Claude Rains y Gloria Stuart

Sería Whale el que llevase el género a su máximo esplendor curiosamente con una secuela: La novia de Frankenstein. A diferencia de las demás, ésta arranca con una secuencia donde Whale juega con el espectador: hace un resumen de su antecesora con imágenes, pero nos tiene preparado un film totalmente distinto, donde el humor y lo macabro se combinan felizmente. Nos presenta a Mary Shelley, la autora de la novela, pero esconde que ella misma será la novia del monstruo. La puesta en escena es más elegante; lo que rodea al monstruo es cómicamente grotesco: jorobados, ancianas histéricas, burgomaestres delirantes; o cómo olvidar al mismísimo Pretorius: una caricatura desdibujada del diablo, que despertará las pesadillas dormidas de la mente del doctor y de la de todos los espectadores, con un brindis: «por un mundo nuevo de dioses y de monstruos». Para hacer justicia al texto de Mary Shelley, Whale hace hablar a la criatura para adentrarnos en una nueva dimensión psicológica: «amigo bueno, solo malo». Es interesante el propósito del director de esconder bajo una historia de terror una apología de la integración del “diferente” en la sociedad.

Elsa-Lanchester es La novia de Frankenstein

Como ejemplos de la decadencia del sistema citaré dos películas: El Hombre lobo, protagonizada por Lon Chaney Jr., quien nunca llegó a estar a la altura de su padre, y Claude Rains, ambos en un film algo torpe que dio pie a toda una saga y que condenó a Chaney a las salas de maquillaje el resto de su carrera. Y La mujer y el monstruo, un vano intento de la Universal por aplicar su molde al creciente interés del momento por la ciencia-ficción. Aunque hoy día la trama resulta previsible y tediosa en algún momento, el estudio regaló por última vez uno de sus míticos monstruos.

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3 comentarios

  1. Pero que chico más leído…!

  2. Brindemos por un mundo de Dioses y Monstruos… y por estos posts tan currados.

    OLI I7O

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