Categoría: Ex Libris

Hacerse entender

¡Deberían intentar leer los libros de esa gente que se ha suicidado! Empezamos por Virginia Wolf, y conseguí leer dos páginas de ese libro sobre un faro, pero lo que leí me bastó para comprender por qué se había matado: se había matado porque no podía hacerse entender. No tienes más que leer una frase para verlo. Me sentí un poquito identificada con ella, porque hay veces que a mí también me pasa eso, pero su equivocación fue hacerlo público.

HORNBY, Nick. En picado. Zulaika, Jesús (trad.).
Barcelona: Ed. Anagrama, 2007. 321 págs. ISBN: 978-84-339-7363-4

Aspectos homoeróticos de ‘Moby Dick’

Atención. Si no has leído Moby Dick es posible que el texto que vas a leer a continuación te desvele, directa o indirectamente, algunos detalles del argumento que, tal vez, prefieras no conocer hasta leer el libro. Advertido quedas, si traspasas este punto.

Cuando hace unas semanas entraba en La Casa del Libro de la madrileña Gran Vía y me interesaba por la nueva edición de bolsillo del clásico de Herman Melville, Moby Dick, nada me hacía sospechar que la lectura de una las novelas de aventuras por excelencia iba a estar tan cargada de sorpresas.

Los que me conocen saben de mi pasión y afición por el mar, que muy cerca de él nací y que cada vez que puedo me escapo a él o a sus playas, y si es posible me llego hasta mi adorada Formentera, isla del amor por excelencia y destino turístico favorito.

Esa misma afición la traslado en ocasiones a la lectura, ya que he comprobado que los libros cuyo telón de fondo es el mar, cuando no su protagonista, tienen un magnetismo especial al que me resulta difícil resistirme. Llegué a esta conclusión cuando, literalmente, de un tirón, me zampé el diario de a bordo del capitán William Bligh, responsable de la Bounty, célebre nave que sufrió uno de los motines más conocidos de la historia allá por el año 1789.

Pues bien, escogí la lectura de Moby Dick para este verano con la esperanza de redescubrir un clásico de la infancia; de este libro conocía varias adaptaciones infantiles y juveniles y, desde luego, la inolvidable película de John Huston, protagonizada por Gregory Peck y que recientemente he adquirido y revisado.

Moby Dick, primera página

Moby Dick fue escrita en 1851 por el norteamericano Herman Melville. El libro no tuvo mucho éxito en su día, y no me sorprende, ya que se trata de un trabajo muy irregular, narrado por un personaje sin mayor relevancia en la historia, con episodios de frenética acción combinados con eternos sermones moralistas decimonónicos o erróneos tratados de biología marina, que parten por clasificar a las ballenas como peces y no como mamíferos, cuando precisamente en esta época el debate estaba más que resuelto por la comunidad científica.

El libro narra la historia de un joven con experiencia en la marina mercante que decide enrolarse en un ballenero junto a un arponero polinesio con quien acaba de entablar amistad. Ambos se enrolan en el ballenero Pequod, dirigido por el misterioso y autoritario capitán Ahab (o Acab), un viejo lobo de mar con una pierna de palo construida con marfil de ballena. Ahab revelará a su tripulación que el objetivo primordial del viaje no es la caza de ballenas en general, sino la caza y captura de Moby Dick, la enorme ballena blanca que le arrebató la pierna y le marcó de cicatrices todo el cuerpo de por vida.

El narrador, un joven con experiencia en la marina mercante decide que su siguiente viaje será en un ballenero. De igual forma se convence de que su travesía debe comenzar en Nantucket, Massachussets, isla prestigiosa por su industria ballenera. Antes de alcanzar su destino, o el origen de su aventura, entabla una estrecha amistad con el experimentado arponero polinesio Queequeg, con quien acuerda compartir la empresa. Ambos se enrolan en el ballenero Pequod, con una tripulación conformada por las más diversas nacionalidades y razas; precisamente sus arponeros son el caníbal Queequeg, el piel roja Tashtego y el «negro salvaje» Daggoo. El Pequod es dirigido por el misterioso y autoritario capitán Ahab, un viejo lobo de mar con una pierna construida con las mandíbulas de un cachalote. Ahab revelará a su tripulación que el objetivo primordial del viaje, más allá de la caza de ballenas en general, es la persecución tenaz a Moby-Dick, enorme Leviatán que lo privó de su pierna y que había ganado fama de causar estragos a todos y cada uno de los balleneros, que osada o imprudentemente habían intentado darle caza.

Una trama a simple vista interesante, sin embargo, lo que llama mi atención poderosamente desde las primeras páginas del libro es la inusitada atracción que siente nuestro narrador, el joven Ismael, hacia su compañero de cama (sic), Quiqueg, o Queequeg, según la versión, un joven de color, caníbal para más señas, y arponero, para mayor simbología. Se trata de una relación homosexual en toda regla que se va forjando desde la primera página del libro. Al principio no son más que pequeños destellos que pueden llevarnos a la conclusión de estar malinterpretando al autor. Se trata de guiños como el siguiente: no hay más camas libres en todo New Bedford e Ismael se ve obligado a compartir cama con el arponero, opinando que:

A ningún hombre le gusta dormir con otro en una cama. En realidad, uno preferiría con mucho no dormir ni con su propio hermano.

Sin embargo, a la mañana siguiente:

[...] nunca en mi vida he dormido mejor. [...] encontré que Quiqueg me había echado el brazo por encima del modo más cariñoso y afectuoso. Se habría pensado que yo había sido su mujer.

Está bien, puede ser casualidad, pero conforme avanza el relato la amistad de los dos jóvenes se vuelve más y más íntima.

Pareció aceptarme de modo tan natural y espontáneo como yo a él, y cuando acabamos de fumar, apretó la frente contra la mía, me abrazó por la cintura, y dijo que desde entonces estábamos casados, queriendo decir, con esta frase de su país, que éramos amigos entrañables, y que moriría alegremente por mí si hiciera falta.

Moby Dick

La relación de Ismael y Quiqueg no es una simple amistad platónica, sino un amor homosexual real, palpable, son claramente más que amigos, y Melville utiliza con cuidado las palabras para describir esta relación, el contacto íntimo entre ellos y toda la imaginería fálica, depositada en el oficio de arponero de Quiqueg.

No sé cómo es eso, pero no hay sitio como una cama para las comunicaciones confidenciales entre amigos. Marido y mujer, según dicen, se abren allí mutuamente el fondo de las almas, y algunos matrimonios viejos muchas veces se tienden a charlar sobre los tiempos viejos hasta que casi amanece. Así, pues, en nuestra luna de miel de corazones, yacíamos yo y Quiqueg —pareja a gusto y cariñosa.

Siempre desde la mayor naturalidad y con una enorme carga sensual, las imágenes comienzan a sucederse sin tratar de esconder nada:

Así habíamos estado tumbados en la cama, charlando y dormitando a breves intervalos, y Quiqueg, de vez en cuando, echándome afectuosamente sus oscuras piernas tatuadas sobre las mías, y retirándolas luego, de tan absolutamente sociables, libres y cómodos como estábamos [...]

Terminada su historia con la última bocanada moribunda de su pipa, Quiqueg me abrazó, apretó su frente contra la mía, y apagando la luz de un soplo, rodamos uno sobre otro, de acá para allá, y muy pronto nos quedamos dormidos.

Conforme avanzaba la lectura estaba cada vez más asombrado no ya tanto el contenido homoerótico de la novela, sino el hecho de no haber oído hablar nunca de este aspecto tan particular y, sin duda, tan inusual para la época, estaba asombrado de que los protagonistas de tan notable libro fuesen una pareja de hecho entre dos hombres; dos hombres que además se quieren y así lo manifiestan reiteradamente.

Pero no son estas, las que he mencionado, las únicas referencias que puedes encontrar en este Brokeback Mountain del mar. Existe un asombroso capítulo, el 94 , en el que Ismael junto a otros marineros tienen que desempeñar la tarea de manipular lo que ellos llaman esperma de ballena, pero que no es tal, ya que a lo que realmente se refieren es al espermaceti, que no es más que una cera o aceite blanquecino que se encuentra en las cavidades del cráneo de los cachalotes y en las grasas vascularizadas de todas las ballenas. Sin embargo, para nuestro protagonista aquella sustancia se trata de auténtico esperma de ballena.

Se había enfriado y cristalizado en tal medida que cuando, con otros varios, me senté ante una amplia bañera constantiniana de esperma, la encontré extremadamente condensada en bultos que flotaban acá y allá por la parte líquida. Nuestra tarea era volver a hacer fluidos esos bultos a fuerza de apretarlos. ¡Dulce y untuoso deber! No es extraño que en tiempos antiguos el aceite de esperma fuera un cosmético tan estimado. ¡Qué clarificador! ¡Qué endulzador! ¡Qué suavizador! ¡Qué delicioso reblandecedor! Después de tener las manos en él unos pocos minutos, notaba los dedos como anguilas y empezando, por decirlo así, a volverse serpentinos y espirales.

El erotismo aumenta inusitadamente, rozando lo prohibido:

Yo, sentado allí bien cómodo, con las piernas cruzadas, en cubierta; tras el duro ejercicio del cabrestante; bajo un tranquilo cielo azul; con el barco navegando indolentemente y deslizándose con serenidad; yo, mientras me bañaba las manos en esos suaves y amables glóbulos de tejidos infiltrados, tejidos casi en esa misma hora, para romperse sustanciosamente entre mis dedos y descargar toda su opulencia, como las uvas plenamente maduras sueltan su vino, y mientras aspiraba ese aroma incontaminado, literal y verdaderamente como aroma de violetas en primavera, os aseguro que viví aquel rato como en un prado almizclado, y me olvidé totalmente de nuestro terrible juramento, lavándome de él las manos y el corazón en ese inefable aceite de esperma, y casi empecé a dar crédito a la vieja superstición de Paracelso de que el aceite de esperma es de rara eficacia para mitigar el calor de la ira, al mismo tiempo que, bañándome en ese baño, me sentía divinamente libre de toda mala voluntad, o petulancia, o malicia de ninguna clase.

¡Apretar, apretar, apretar, durante toda la mañana! Apreté aquel aceite de esperma hasta que casi me fundí en él: apreté ese aceite de esperma hasta que me invadió una extraña suerte de locura, y me encontré, sin darme cuenta, apretando en él las manos de los que trabajaban conmigo, confundiéndolas con suaves glóbulos. Tal sentimiento desbordante, afectuoso, amistoso, cariñoso producía esta labor, que por fin acabé por apretarles continuamente las manos, y por mirarles a los ojos sentimentalmente, como para decir: «¡Oh, mis queridos semejantes!, ¿por qué vamos a seguir abrigando resentimientos sociales, o conocer el más leve malhumor o envidia? Vamos; apretémonos todos las manos; mejor dicho, apretémonos universalmente en la mismísima leche y esperma de la benevolencia».

Moby Dick

¿Cómo es posible que no haya oído nunca hablar del lado más turbio de Moby Dick?

Moby Dick es una historia terriblemente machista en la que no hay cabida para ninguna mujer, es más, a lo único femenino a lo que se refieren es a la propia Moby Dick, el mayor enemigo para el hombre, una infame ballena blanca. No hay duda de que el ojetivo de Melville es la celebración de la masculinidad y el triunfo del hombre, del macho, sobre la bestia. Esa masculinidad está representada por sus protagonistas: Ismael y Quiqueg.

Pero la cercanía entre ellos va más allá de lo que conocemos como una amistad masculina tradicional. Si bien las circunstancias por las que atraviesan son las propicias para forjar una noble amistad, el amor que surge entre ellos va un paso más allá, tanto física como emocionalmente, y no es algo casual sino que va cargado de intenciones encubiertas.

Me cuesta trabajo entender cómo entonces una relación así pudo pasar desapercibida para los lectores de una época en la que algo así estaba absolutamente proscrito y abominado. ¿Cómo pudo saltarse Melville tan estricto moralismo? Pues lo hizo, astutamente, vinculando dicha relación a su responsable, Quiqueg, un caníbal salvaje, un amante de la carne, un ser amoral sin más maldad que su propia ignorancia natural, pero que terminará conociendo la ira de Dios, para dar cuenta de sus pecados, si es que se quiere expresar de ese modo.

En este sentido se podría decir que Moby Dick es una novela revolucionaria y precoz: recordad que la palabra homosexualidad no sería inventada hasta muchos años después de publicada esta novela. Sin embargo, Melville escoge un tema tan espinoso como éste y valientemente lo afronta en un sano ejercicio de normalización, como si quisiera luchar por una situación injusta y que sin duda debía de ser de gran importancia para él. Cuando arranca la novela con su “Llamadme Ismael”, no hace sino subrayar su identificación con el personaje. Melville es Ismael.

Y ambos sufren por lo que sienten:

Pero esa noche en particular me ocurrió una cosa extraña, y para siempre inexplicable. Sobresaltándome de un breve sueño de pie, tuve horrible conciencia de que algo estaba fatalmente mal. La caña del timón, hecha de mandíbula de ballena, me golpeaba el costado con que me apoyaba en ella; [...] Mis manos agarraron la caña convulsivamente, pero con la idea demente de que la caña estaba invertida, no se sabe por qué, de algún modo encantado. «¡Dios mío! ¿Qué me pasa?», pensé.

Sin embargo, a pesar de este sufrimiento interno y del terrible desenlace que depara a algunos personajes, Melville vincula la relación de Ismael y Quiqueg a algo hermoso, reconfortante y gratificante.

Nos encontrábamos muy cómodos y a gusto, sobre todo porque fuera hacía tanto frío, incluso, fuera de las mantas, dado que no había fuego en el cuarto.

Es más, será el amor el que salve a Ismael cuando tras el hundimiento del Pequod, la nave donde viajan, el ataúd de Quiqueg sale a flote y sirve de bote salvavidas para su amante: unidos hasta la muerte.

Leer entre líneas Moby Dick te revelará una bella historia de amor entre dos hombres, tanto o más fuerte que la que pueda unir en matrimonio a un hombre y una mujer. Sin duda una de las sorpresas más sobresalientes de mis lecturas de este año y que no he querido pasar por alto y recogerla aquí, puesto que estoy seguro que también será muy interesante para muchos de vosotros.

¡Feliz verano!

-Roque.

La vida es genial

Cosas que los nietos deberían saber

Hacia finales del verano (que yo había empezado a llamar ya «el verano del amor») me fui de casa por primera vez con mi Chevy Nova dorado del 71. El coche, al que yo había bautizado «Oro Viejo», y cuyo suelo oxidado había sido substituido por una señal de STOP, se lo había comprado por cien pavos a la rubia buenorra de mi prima Jennifer, que años más tarde moriría a bordo del avión que se estrelló contra el Pentágono el 11 de septiembre de 2001. Era azafata. Aquella mañana había escrito desde el aeropuerto de Dulles una postal en la que podía leerse en grandes letras LA VIDA ES GENIAL.

EVERETT, Mark Oliver. Cosas que los nietos deberían saber.
Álvarez Ellacuria, Pablo (trad.). Barcelona: Blackie Books, 2010. 199 págs.
ISBN: 978-84-937362-1-7

Libranda: buen intento, vaquero

Oficinas de Libranda

Que resulte más fácil, rápido y cómodo descargarte ilegalmente un libro, que hacerlo de forma legal a través de Libranda, la plataforma constituída por los principales grupos editoriales del país para la comercialización de libros electrónicos, no es ninguna novedad. Estas cosas suceden cuando las grandes empresas tradicionales, gordas y torpes, se adentran en la vorágine de la Red, actuando de manera defensiva, asustadiza, y provocando, finalmente, el efecto contrario al deseado, en este caso, no comprar un libro electrónico.

La torpeza de Libranda se palpa en cada paso del proceso de compra:

  • Libranda no vende directamente. Buscas en su página y te remite a las tiendas que venden el libro.
  • Ha comenzado su andadura con un ridículo catálogo de poco más de 1000 títulos.
  • Tienes que descargar el software Adobe Digital Editions y darte de alta con ellos, puesto que van a ser ellos los que se encarguen de custodiar el buen uso que harás del libro.
  • Tienes que darte de alta en la tienda, además, en la tienda en la que quieras comprar.
  • La diferencia entre la versión digital y la de papel apenas es de dos o tres euros, lo que te hace cuestionar seriamente la compra de la versión digital.
  • Finalmente, el libro descargado no es compatible con los principales lectores electrónicos tales como Kindle o iPad.

Al parecer ninguno de los desarrolladores de Libranda se ha dado una vuelta por Internet para ver cómo otras plataformas, Apple o Amazon, realizan el proceso, por lo general, a un par de clics del libro deseado. Alguien debió de pensar que Libranda iba a molar más. En definitiva, que sigue siendo más fácil descargar la versión pirata del libro, aunque parezca contradictorio. Mi gozo en un pozo. Esperaremos pues a la Libranda 2.0 para poder disfrutar de las novedades en castellano en versión electrónica. Aprovecho para pedir un fuerte aplauso a la Ministra de Cultura que ha permitido que el libro electrónico vaya gravado con un 18% de IVA, frente al 4% de los libros en papel.

Y acabo ya, dando por inaugurada esta nueva sección del blog, Ex Libris, donde me gustaría ir haciéndome eco de los libros que van pasando por mis manos, que siempre suelen ser más en esta época del año y que siempre me quedo con ganas de comentar, recomendar o desaconsejar. Inagurada queda, larga vida.

-Roque

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