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Los monstruos de la Universal (VI): desmontando al monstruo

¿Quién es el protagonista? ¿El monstruo o el héroe? ¿Quién es la víctima? Hasta el momento nos hemos venido refiriendo al protagonista como al héroe que acaba destruyendo al monstruo. Pero basta con un pequeño acercamiento a estos filmes para darnos cuenta de que esta afirmación puede ser incorrecta. En ocasiones es tan protagonista el monstruo como el héroe, cuando no lo es más. Y esto no es una excepción. Así sucede ya en Drácula. La presencia del vampiro en pantalla es aplastante respecto a la del resto de personajes, siendo en este caso el héroe, Van Helsing, un mero títere que aparece y desaparece de la pantalla al son del rumano.

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Los monstruos de la Universal pueden aparentemente ser muy diferentes entre sí. Cada vez que se ofrecía una nueva criatura en pantalla, ésta era diferentes de las anteriores. Sin embargo, un mero análisis de ellos nos lleva  a la conclusión de que conservan muchos rasgos en común. Pongamos por ejemplo La Momia. Ésta llegó tras los estrenos y sucesivos éxitos de Drácula y de Frankenstein. Aparentemente los guionistas de Universal estaban ofreciendo un personaje nuevo a los espectadores: una momia devuelta a la vida en el lejano El Cairo que bajo el hechizo de una ancestral maldición se ve arrastrada a recuperar a su viejo amor, aunque para ello tenga que cometer los más horribles crímenes. Pues bien, como ya dijimos con anterioridad, el personaje de la momia no es más que una fusión entre los caracteres de Drácula y Frankenstein: inmortalidad, amor predestinado, poderes hipnóticos, etcétera. Podemos, pues, hablar de nuevo personaje, pero dentro de unos parámetros muy concretos que ya habían quedado fijados previamente; lo que denota en cierto modo la falta de riesgo al que se querían ver sometidos en el estudio.

Karloff y Lugosi

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La ciencia en España no necesita tijeras

CienciaSinTijeras

“El hecho de que un creyente sea más feliz que un escéptico no es más relevante que el que un borracho sea más feliz que un sobrio”.

–George Bernard Shaw

Buenas noticias para el oscurantismo español. El actual gobierno va a recortar un 15% el presupuesto de los organismos públicos de investigación, drástica medida para un sector que ya de por sí vive bajo la asfixia de unos presupuestos demasiado apretados y un eterno “ya llegará”.

Concretamente los organismos afectados serán el CSIC, el Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (Ciemat), el Instituto Geológico y Minero de España (IGME), el Instituto Español de Oceanografía (IEO), el Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA), el Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) y el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC).

Me encantan las películas de alienígenas y de niños que, en ocasiones, ven muertos, pero por encima de eso me gustaría saber que el país en el que vivo es un referente científico en el mundo, como ya lo es en el deporte; me gustaría levantarme un día y que me digan que el atún rojo ya no está en peligro, que estamos más cerca de entender el universo, que un nuevo satélite ayuda a salvar vidas, que hay vida en Marte o que ya sabemos cuáles son los volcanes que están a punto de estallar. Y eso sólo se hace con ayuda de la ciencia. Eso, o seguir siendo un país de segunda división, un país de pandereta.

Por eso protesto enérgicamente contra ese recorte presupuestario y te invito a que, si opinas como yo, te unas a esta iniciativa y escribas hoy un artículo en tu blog donde expongas tus razones. También te puedes unir al grupo que se ha abierto en Facebook y que, a estas horas, ya cuenta con más de 4.000 miembros.

Este artículo forma parte de la iniciativa La ciencia española no necesita tijeras.

1980: ‘El hombre elefante’

Arranca la década. Un servidor tenía cuatro años. Un año difícil 1980. Difícil porque, aunque no es un año de buen cine en cantidad, sí tiene tres títulos muy contundentes: El imperio contraataca, El resplandor y Toro salvaje. ¿Alguien da más? ¿Os imagináis dirigir la mirada a la marquesina de vuestro cine más cercano y encontraros los carteles de esas tres películas compitiendo por atraer vuestra atención? No puedo imaginar semejante dilema. No obstante, 1980 fue el año de otros títulos inolvidables como The Blues Brothers, Aterriza como puedas, Viernes 13, Holocausto Caníbal, El lago azul o Al final de la escalera, uno de mis títulos favoritos del cine de terror.

Mi corazón está dividido. La mitad de él, como muchos de vosotros sabréis, pertenece a El imperio contraataca, y la otra mitad a El hombre elefante de David Lynch. Ante semejante disyuntiva, y tras una larga deliberación, he optado por hablar de la segunda, película mucho menos conocida, eternamente olvidada y mal entendida, muchas veces.

El hombre elefante

David Lynch tiene películas y películas. Y ésta es de las primeras. Yo me entiendo. Maravillosa fotografía en blanco y negro, inolvidable banda sonora de John Morris, exquisita ambientación, en definitiva, una película inolvidable en todos los sentidos, que me deparó tres sorpresas en mi infancia:

  • John Hurt, tan bien escondido tras ese disfraz que no supe reconocer al Kane de Alien o al Max de El expreso de medianoche. Hurt da vida a John Merrick, el hombre elefante, personaje tan interesante y jugoso desde el punto de vista dramático que le consagra como actor valiente donde los haya.
  • Anthony Hopkins. Le vimos, nos gustó, y no volvimos a verle hasta once años después en El silencio de los corderos. ¿Qué hizo Anthony Hopkins entre aquellos años? Mucha televisión. Mucha gente duda si Sir Anthony Hopkins ha sido joven alguna vez. Sí lo fue. Si lo quieres ver, El hombre elefante es buen ejemplo.
  • Anne Bancroft. ¡Cuánto me gusta esta actriz y qué poco la he podido disfrutar! Mucho teatro y poco cine. Apenas cuento con los dedos de una mano las películas que he visto de ella: El graduado, Agnes de Dios, Grandes esperanzas, y una muy desconocida Trilogía de Nueva York, que me muero por volver a ver.

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El hombre elefante narra la verdadera historia de Joseph Merrick, ciudadano británico del siglo XIX, que fue conocido por ese nombre debido a las notables deformaciones físicas que atenazaban todo su cuerpo. Pasó la mayor parte de su vida explotado como una atracción de feria, y sólo cuando llamó la atención de la ciencia, en los últimos años de su vida, pudo ser conocido por su carácter dulce y educado, así como por una inteligencia superior a la media. Aunque todavía no se sabe con absoluta certeza, se cree que pudo haber padecido una grave variación del síndrome de Proteus.

Anne Bancroft en El hombre elefante

El hombre elefante es película para todos los públicos y para todos los tiempos; está deliciosamente narrada, de forma lineal, sencilla, delicada, con el ritmo que sólo el buen cine tiene. Nos sumerge en un Londres maravillosamente oscuro, sucio, cruel y despiadado, raramente retratado con tanta maestría y nos descubre a este personaje grotesco y frágil, horrendo pero sensible y virtuoso. John Merrick, porque en la película se llama John y no Joseph, es un rayo de luz en ese Londres tiznado de borrachos, prostitutas, ratas y superstición. Gracias al doctor Frederick Treves el mundo conocerá al hombre detrás de la máscara, al hombre detrás del monstruo.

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Siempre he sido un amante del cine de terror clásico, no es ningún secreto. Por eso me atrajo El hombre elefante. Lynch nos acerca a la criatura como a una atracción de feria, como lo harían Tod Browning en su Parada de los monstruos, o en Drácula, o James Whale en Frankenstein. Pero ésta no es película de terror, sino de realismo fantástico.

Nadie duda ya en colocar a El hombre elefante entre los clásicos del drama. Si no la has visto, tienes una asignatura pendiente. No te defraudará. Cinco estrellas.

Anne Bancroft y John Hurt en El hombre elefante

Cualquiera de estas noches es una buena noche para volver a ver El hombre elefante. Lo haré. Apagaré las luces, dejaré sonar el adagio para cuerdas opus 11 de Samuel Barber y la voz, torpe, de John Merrick volverá a recordar: “No soy un monstruo, soy un hombre”.

¿Cuál fue tu película de 1980?

-Roque.

Reflexión: District 9

District 9

Es de esas que hay que ver. ¿Que por qué? Pues porque al fin hacen una película donde los alienígenas ni aterrizan en Washington ni hablan inglés. Y porque hace un desafío bastante honesto al ‘que pasaría si…’, que no es poco. No niego que se desinfla en el tercer acto, pero los dos primeros, constituyen una interesante metáfora política. A la altura de las expectativas.

Desde luego el ahijado de Peter Jackson, Neill Blomkamp, ha ganado ese afortunado título por méritos propios: bien realizada, bien montada, personajes interesantes, mucho efecto especial, poco presupuesto… y muchas palomitas.

Si no la habéis visto, ya tenéis plan para el sábado, que además es Noche en blanco, por si estáis por Madrid.

Que la disfrutéis. Feliz fin de semana.

-Roque.

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