“El hecho de que un creyente sea más feliz que un escéptico no es más relevante que el que un borracho sea más feliz que un sobrio”.
–George Bernard Shaw
Buenas noticias para el oscurantismo español. El actual gobierno va a recortar un 15% el presupuesto de los organismos públicos de investigación, drástica medida para un sector que ya de por sí vive bajo la asfixia de unos presupuestos demasiado apretados y un eterno “ya llegará”.
Concretamente los organismos afectados serán el CSIC, el Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (Ciemat), el Instituto Geológico y Minero de España (IGME), el Instituto Español de Oceanografía (IEO), el Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA), el Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) y el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC).
Me encantan las películas de alienígenas y de niños que, en ocasiones, ven muertos, pero por encima de eso me gustaría saber que el país en el que vivo es un referente científico en el mundo, como ya lo es en el deporte; me gustaría levantarme un día y que me digan que el atún rojo ya no está en peligro, que estamos más cerca de entender el universo, que un nuevo satélite ayuda a salvar vidas, que hay vida en Marte o que ya sabemos cuáles son los volcanes que están a punto de estallar. Y eso sólo se hace con ayuda de la ciencia. Eso, o seguir siendo un país de segunda división, un país de pandereta.
Por eso protesto enérgicamente contra ese recorte presupuestario y te invito a que, si opinas como yo, te unas a esta iniciativa y escribas hoy un artículo en tu blog donde expongas tus razones. También te puedes unir al grupo que se ha abierto en Facebook y que, a estas horas, ya cuenta con más de 4.000 miembros.
Arranca la década. Un servidor tenía cuatro años. Un año difícil 1980. Difícil porque, aunque no es un año de buen cine en cantidad, sí tiene tres títulos muy contundentes: El imperio contraataca, El resplandor y Toro salvaje. ¿Alguien da más? ¿Os imagináis dirigir la mirada a la marquesina de vuestro cine más cercano y encontraros los carteles de esas tres películas compitiendo por atraer vuestra atención? No puedo imaginar semejante dilema. No obstante, 1980 fue el año de otros títulos inolvidables como The Blues Brothers, Aterriza como puedas, Viernes 13, Holocausto Caníbal, El lago azul o Al final de la escalera, uno de mis títulos favoritos del cine de terror.
Mi corazón está dividido. La mitad de él, como muchos de vosotros sabréis, pertenece a El imperio contraataca, y la otra mitad a El hombre elefante de David Lynch. Ante semejante disyuntiva, y tras una larga deliberación, he optado por hablar de la segunda, película mucho menos conocida, eternamente olvidada y mal entendida, muchas veces.
David Lynch tiene películas y películas. Y ésta es de las primeras. Yo me entiendo. Maravillosa fotografía en blanco y negro, inolvidable banda sonora de John Morris, exquisita ambientación, en definitiva, una película inolvidable en todos los sentidos, que me deparó tres sorpresas en mi infancia:
John Hurt, tan bien escondido tras ese disfraz que no supe reconocer al Kane de Alien o al Max de El expreso de medianoche. Hurt da vida a John Merrick, el hombre elefante, personaje tan interesante y jugoso desde el punto de vista dramático que le consagra como actor valiente donde los haya.
Anthony Hopkins. Le vimos, nos gustó, y no volvimos a verle hasta once años después en El silencio de los corderos. ¿Qué hizo Anthony Hopkins entre aquellos años? Mucha televisión. Mucha gente duda si Sir Anthony Hopkins ha sido joven alguna vez. Sí lo fue. Si lo quieres ver, El hombre elefante es buen ejemplo.
Anne Bancroft. ¡Cuánto me gusta esta actriz y qué poco la he podido disfrutar! Mucho teatro y poco cine. Apenas cuento con los dedos de una mano las películas que he visto de ella: El graduado, Agnes de Dios, Grandes esperanzas, y una muy desconocida Trilogía de Nueva York, que me muero por volver a ver.
El hombre elefante narra la verdadera historia de Joseph Merrick, ciudadano británico del siglo XIX, que fue conocido por ese nombre debido a las notables deformaciones físicas que atenazaban todo su cuerpo. Pasó la mayor parte de su vida explotado como una atracción de feria, y sólo cuando llamó la atención de la ciencia, en los últimos años de su vida, pudo ser conocido por su carácter dulce y educado, así como por una inteligencia superior a la media. Aunque todavía no se sabe con absoluta certeza, se cree que pudo haber padecido una grave variación del síndrome de Proteus.
El hombre elefante es película para todos los públicos y para todos los tiempos; está deliciosamente narrada, de forma lineal, sencilla, delicada, con el ritmo que sólo el buen cine tiene. Nos sumerge en un Londres maravillosamente oscuro, sucio, cruel y despiadado, raramente retratado con tanta maestría y nos descubre a este personaje grotesco y frágil, horrendo pero sensible y virtuoso. John Merrick, porque en la película se llama John y no Joseph, es un rayo de luz en ese Londres tiznado de borrachos, prostitutas, ratas y superstición. Gracias al doctor Frederick Treves el mundo conocerá al hombre detrás de la máscara, al hombre detrás del monstruo.
Siempre he sido un amante del cine de terrorclásico, no es ningún secreto. Por eso me atrajo El hombre elefante. Lynch nos acerca a la criatura como a una atracción de feria, como lo harían Tod Browning en su Parada de los monstruos, o en Drácula, o James Whale en Frankenstein. Pero ésta no es película de terror, sino de realismo fantástico.
Nadie duda ya en colocar a El hombre elefante entre los clásicos del drama. Si no la has visto, tienes una asignatura pendiente. No te defraudará. Cinco estrellas.
Cualquiera de estas noches es una buena noche para volver a ver El hombre elefante. Lo haré. Apagaré las luces, dejaré sonar el adagio para cuerdas opus 11 de Samuel Barber y la voz, torpe, de John Merrick volverá a recordar: “No soy un monstruo, soy un hombre”.
Sábado tarde. Una pequeña incursión en el centro comercial para reponer videoteca, necesito títulos con urgencia, es lo que tiene no poder dormir sin el runrún de una película de fondo, y las que tengo ya las tengo más que vistas.
Recorro los pasillos: drama, comedia, acción. Los vuelvo a recorrer en sentido inverso: acción, comedia, drama. No me estimula ningún título: cielos, Striptease, ¿todavía venden esto?
Al doblar la esquina me encuentro con la sección de documentales, siempre tan solitaria. ¿Y qué tal un documental? Ah, pues no es mala idea, el último que adquirí fue la serie Planeta Tierra de la BBC. Impresionante. Imprescindible. Ya le he dado varias vueltas, hasta he hablado de él a la gentes.
Curioseo. Saco uno al azar. Galápagos. ¡Caramba! De la BBC también. Qué casualidad. Son tres DVDs. ¿Me arriesgo? Venga, va…
Ya he visto la mitad y, cómo no, impresionante, imprescindible. Deliciosamente narrado por Tilda Swinton, retrata un mundo extraño, peligroso, pero lleno de belleza y majestuosidad. Altamente recomendable.
Qué orgullosos deben sentirse los británicos del legado documental que su televisión pública, con David Attenborough a la cabeza, está creando. La BBC dota de sentido a lo que, al menos, un servidor entiende, debe ser una televisión pública.
Hace unas semanas la BBC estrenaba, en prime time, Charles Darwin and the Tree of Life, un documental, escrito y presentado por el maestro Attenborough, con motivo del segundo centenario de su nacimiento (el de Darwin, claro), y en el que se ofrecía una visión perfectamente maravillosa de la evolución de la vida en la Tierra. A la misma hora, el mismo día, TVE emitía Mira quién baila.
Buen cine el de 1979, ¿verdad? Pero, amiga, amigo, ninguna de esas películas ocupa un puesto en mi corazoncito de celuloide como el que ocupa Bienvenido Mr. Chance.
La descubrí no hace tanto, ¿diez años?, puede. Sin embargo, yo apenas contaba con tres cuando la estrenaban en los Estados Unidos. Poco popular, sin duda, pero una de las películas más entrañables, mejor escritas y más divertidas que recuerdo. Y sin duda uno de los papeles más memorables del genial Peter Sellers, si no el mejor, para mí claro.
Pero, ¿qué tiene esta desconocida película que consiguió cautivarme tan súbitamente?
Pues bien, en primer lugar, el personaje principal interpretado por Peter Sellers, Chance, un jardinero con una sutil deficiencia mental que es captada por su entorno como una prueba de su genialidad y astucia política y económica.
El personaje está desarrollado de manera magistral a lo largo de todo el guión, descubriendo nuevos matices a cada minuto desde el mismo comienzo hasta el plano final, planteando retos que ponen en vilo al espectador ante la duda de si podrán ser resueltos o no. Sin embargo, la historia derrocha tanto ingenio que no deja de sorprendernos ni un sólo instante.
Siempre es un placer ver a Shirley MacLaine, y si es en una comedia, mejor. Shirley está brillante, guapa e inolvidable. Sobre todo en la tórrida secuencia del dormitorio. Si la habéis visto, sabréis de qué estoy hablando, si no, tenéis que verla.
Lo sutil de su humor, su ritmo elegante, su fotografía oscura y fría.
Su música, directamente inspirada en el Gnossienne número 5 de Satie, pieza para piano especialmente bella. Sin embargo, su banda sonora no fue nunca editada o publicada. La Warner nos la debe.
Peter Sellers falleció un año después de estrenarse la película. En su tumba reza un epitafio: La vida no es más que un estado de la mente, el mismo que aparece al final de esta película. Un bonito epílogo para uno de los grandes genios del cine.
¿Cuál es tu película de 1979? ¿Has visto Bienvenido Mr. Chance?