Bela Lugosi solía decir: “Si quieres conquistar a una chica, llévala a ver Drácula”. Poco a poco las cosas han ido cambiando. Puede que estas criaturas ya no nos parezcan tan terroríficas como lo fueron entonces. Es posible que sintamos ante todo cariño hacia ellas. Cierta nostalgia, tal vez. Pero nadie puede negar que ningún estudio como la Universal supo crear unos iconos visuales que perdurarán en el tiempo.
Así llegamos al final de este viaje a través de unos mitos. Volveremos sobre ellos algún día; aún hay mucho que contar sobre ellos, desde luego que sí.
Aprovecho también para anunciar que mi blog formará parte del primer blogathon basado en la figura de Boris Karloff y que se realizará entre el 23 y el 29 de noviembre con motivo del aniversario de su nacimiento. Allí estaremos dedicándole una entrada a ese gran actor, para recordarle a él y a su legado cinematográfico. El blogathon es una iniciativa de Pierre Fournier, un fantástico dibujante e ilustrador de Québec (Canadá), autor de un blog, Frankensteinia, dedicado exclusivamente a la figura de Frankenstein y a su repercusión en nuestra cultura actual. Nos hemos unido blogs de todo el mundo para recordar la figura de uno de los actores más carismáticos del Hollywood clásico.
¿Quién es el protagonista? ¿El monstruo o el héroe? ¿Quién es la víctima? Hasta el momento nos hemos venido refiriendo al protagonista como al héroe que acaba destruyendo al monstruo. Pero basta con un pequeño acercamiento a estos filmes para darnos cuenta de que esta afirmación puede ser incorrecta. En ocasiones es tan protagonista el monstruo como el héroe, cuando no lo es más. Y esto no es una excepción. Así sucede ya en Drácula. La presencia del vampiro en pantalla es aplastante respecto a la del resto de personajes, siendo en este caso el héroe, Van Helsing, un mero títere que aparece y desaparece de la pantalla al son del rumano.
Los monstruos de la Universal pueden aparentemente ser muy diferentes entre sí. Cada vez que se ofrecía una nueva criatura en pantalla, ésta era diferentes de las anteriores. Sin embargo, un mero análisis de ellos nos lleva a la conclusión de que conservan muchos rasgos en común. Pongamos por ejemplo La Momia. Ésta llegó tras los estrenos y sucesivos éxitos de Drácula y de Frankenstein. Aparentemente los guionistas de Universal estaban ofreciendo un personaje nuevo a los espectadores: una momia devuelta a la vida en el lejano El Cairo que bajo el hechizo de una ancestral maldición se ve arrastrada a recuperar a su viejo amor, aunque para ello tenga que cometer los más horribles crímenes. Pues bien, como ya dijimos con anterioridad, el personaje de la momia no es más que una fusión entre los caracteres de Drácula y Frankenstein: inmortalidad, amor predestinado, poderes hipnóticos, etcétera. Podemos, pues, hablar de nuevo personaje, pero dentro de unos parámetros muy concretos que ya habían quedado fijados previamente; lo que denota en cierto modo la falta de riesgo al que se querían ver sometidos en el estudio.
La codificación del género de terror desarrolla una serie de elementos narrativos, estructurales y estéticos comunes en las producciones de la Universal durante todos estos años. La propia productora no renunció nunca a esta homogeneización, sino que hizo de su cliché un instrumento de marketing poderoso para ayudar incluso a aquellas producciones menos favorecidas, siendo cada nuevo monstruo un valor que se suma al conjunto de personajes ya creados previamente y que avalan la nueva producción.
Por tanto, mantener unos elementos comunes no ha de ser visto como una carencia de creatividad por parte del estudio, sino como una intencionalidad de crear una serie de elementos distintivos, diferenciadores y característicos, previamente estudiados y ensayados, frente a otros géneros o estudios. Si se prefiere, podríamos denominarlos coloquialmente como la marca de la casa.
El siguiente proyecto comenzó por encontrar otro texto de terror clásico: Frankenstein de Mary Shelley. Nuevamente, Laemmle Jr. ponía sus ojos en la adaptación teatral de la novela, avalado por el éxito cosechado en Nueva York y Londres. Siguiendo el mismo patrón en la producción y a pesar de ser del mismo año, el producto final fue radicalmente distinto a Drácula: un guión más dinámico, unos diálogos más fluidos, un director de procedencia teatral (frente a Browning, quien venía de hacer cine mudo) mejor adaptado a las nuevas demandas del cine sonoro y en definitiva, un film de mejor factura.
James Whale, director que ya había cosechado un éxito para la Universal con El puente de Waterloo, aceptó el proyecto interesado por la magnitud del mismo y por no querer ser encasillado como realizador de películas bélicas. Su experiencia vivida en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, le convertían en el director idóneo para una película que, como Van Sloan describe en la advertencia previa al film, trata de «los dos grandes misterios de la creación: la vida y la muerte».