Hoy mi amigo Frank Med me ha enviado esta canción, Song to the siren de Tim Buckley, una de mis favoritas, una de esas con las que cruzar esas infinitas carreteras que parten el mundo en dos en Monument Valley. Una de esas que aligeran las preocupaciones, que aclaran las dudas, que disuelven las tristezas y que te hacen sentir feliz. Como los amigos de verdad.
Uno de mis directores favoritos, de los de toda la vida, es Alfred Hitchcock. Tengo todas sus películas y procuro verlas, siempre que puedo, porque son un verdadero placer para el ojo y para la mente. Hay algunas que, por buenas y entretenidas, pongo con más frecuencia: Vértigo, Los Pájaros, Psicosis y La ventana indiscreta, por mencionar algunas, aunque no puedo olvidarme de otros dos títulos, no tan grandes como los anteriores, pero brillantes en cualquier caso: La soga y Náufragos, del que creo, habría que hacer un remake, aunque si tiramos de archivo veremos que los remakes de Hitchcock nunca han funcionado.
El caso es que hace algo más de un año la Universal editó en DVD la primera y la segunda temporada de la serie de televisión Alfred Hitchcock presenta. De mi niñez conservo un vago recuerdo de aquellos capítulos sobre historias de crímenes en 25 minutos, con aquellas inolvidables presentaciones y despedidas protagonizadas por el propio Hitchcock, haciendo gala del más cáustico y elegante de los humores ingleses. Pues bien, no pude evitarlo y adquirí los DVDs.
No habrían pasado un par de semanas cuando ya había visto todos los capítulos, los 78, que se dice pronto, y acudí con sed de Hitchcock a por más. Para mi satisfacción encontré en el centro comercial la tercera temporada, esta vez sin doblaje en español, salvo dos o tres capítulos, que en su día fueron emitidos en nuestra televisión. Arrancaba la temporada con una de mis actrices favoritas, una jovencísima Jessica Tandy en una fantástica e inolvidable historia que trata de un ojo de cristal y que se llama, cómo no, El ojo de cristal.
El legado cinematográfico de Alfred Hitchcock siempre estará incompleto si no se tienen en cuenta sus trabajos para televisión. Muchos capítulos fueron dirigidos por él mismo y, aunque contaba con menos recursos que para sus producciones para la gran pantalla, su sello es inconfundible. A esta serie le debemos, además, el reconocimiento de su silueta como marca de la casa y la pieza musical Marche Funebre D’une Marionette del frances Charles Gounod como tema músical que le identificará para siempre. Sonaba así:
Pues bien. Ha pasado un año y no había tenido más noticias de si Universal estaba interesada en continuar editando temporadas, que fueron 7. Hoy mismo me he enterado de que la cuarta temporada está ya a la venta en los Estados Unidos, así que no faltará mucho para que llegue a la vieja Europa. Ansioso la esperaré. Buenas noticias.
La rentabilidad demostrada por el género de terror no podía perderse y el estudio se convertirá en los años sucesivos en su referente. Una vez hecho propio el género, éste se codificará en una serie de elementos invariablemente presentes en todas las producciones: Universal había establecido su propio cliché, que a grandes rasgos, puede resumirse en: el monstruo, con su lado humano y su talón de Aquiles; la chica, víctima siempre; el científico cuerdo y desconfiado; la ausencia del héroe, porque el verdadero protagonista es el monstruo; el desarrollo de la historia fuera de los Estados Unidos, convirtiéndose Europa en un verdadero paraíso del terror, cuando no se ubica en lugares remotos y exóticos; y el happy ending, aunque éste suponga la muerte del monstruo, a veces más humano que las propias personas.
La Universal (o la gran “U”, como se hacían llamar), a pesar de ser el primer estudio en constituirse, fue siempre considerado como uno de los estudios menores ya que se dedicó casi exclusivamente a la (mal) llamada “serie B”. Su fundador fue Carl Laemmle, inmigrante alemán asentado en Estados Unidos desde la adolescencia, fundó en 1909 la IMP (la Independent Movie Company Pictures) como respuesta a las tendencias monopolísticas de Edison. Más tarde, en 1912, uniéndose a otros independientes formará Universal Pictures, la primera gran productora asentada en Hollywood.
Producto de esa rivalidad con la MPPC de Edison es la probada energía que demostró la IMP en sus iniciativas e innovaciones. La más importante de ellas (engranaje insustituible del sistema de estudios) fue sin duda la de adoptar el star system, que tradicionalmente se había relacionado con el teatro y el vodevil. El equipo de Edison no identificaba a sus actores en la pantalla; los fans llegaban a escribir cartas dirigidas simplemente a “la chica de la Biograph” por desconocimiento de su nombre. El astuto Laemmle contrató en 1909 a Florence Lawrence, la chica de la Biograph, por mil dólares semanales y la dio a conocer como tal. Un año después lo hizo con Mary Pickford (doblando su salario). Su descubrimiento: las estrellas vendían películas como nada lo podía hacer.
Otra herramienta de los jóvenes estudios que se asentaban en Hollywood, fue la especialización por géneros. El género-etiqueta sirve para personalizar los gustos cinematográficos del público y así facilitar la penetración comercial. De este modo, los profesionales de la industria y las políticas de los estudios se identifican y especializan con uno o varios géneros: Lang y el cine de testimonio social; Capra y su optimismo crítico a través de la comedia; los musicales de la RKO con Fred Astaire y Ginger Rogers; la Warner y sus películas de gángsteres con Humphrey Bogart a la cabeza; el cine de aventuras con la serie de Tarzan de la MGM, o las belicistas de Howard Hawks; el género amoroso, encabezado por mujeres como Joan Crawford, Jean Harlow, Katherine Hepburn, Greta Garbo…
La Universal no fue el único estudio que trabajó el género de terror, pero sí el único que supo rentabilizarlo y convertirlo en un sello propio.
Los estudios, herederos de la tradición cinematográfica creada por Edwin Porter, D. W. Griffith, John Ford, acaban por adquirir unos cauces consagrados a la eficacia narrativa, donde la acción surge principalmente de los personajes, cuya motivación es fácilmente identificable, desarrollando una cadena de causas y efectos que provocan el avance de la narración, hacia un final perfectamente clausurado donde se resuelve el destino de cada personaje, siempre desde la mayor objetividad posible. Esta forma narrativa impidió que en Hollywood se experimentaran otras tendencias, nuevos aires, aunque este sistema, menos atrevido, no mermó el desarrollo de grandes personalidades.
En su primera etapa, Carl Laemmle se hizo con el joven Irvin Thalberg, hijo de inmigrantes alemanes, que había demostrado talento suficiente como para colocarse, con tan sólo 21 años, al frente del estudio y organizar la producción. Su estancia, antes de marcharse para colocarse al frente de la MGM, se tradujo en la mayor envergadura de los proyectos: citar a John Ford o a Eric von Stroheim son claros ejemplos de ello. Pero fue una película, El jorobado de Nuestra Señora de París, el insospechado éxito que marcaría el rumbo del estudio en los años venideros, sin duda, motivado por el descubrimiento del actor Lon Chaney, el hombre de las mil caras.
Pero el gran éxito tanto para Chaney como para el estudio sería El fantasma de la Ópera, consagrando a éste como “apóstol del terror”. Con Carl Laemmle Jr. al frente del estudio, y tras un periodo no especialmente brillante, decide regresar al género del terror con la que sería la primera película sonora del género, Drácula. Nadie dudaba de Lon Chaney como el nuevo Conde Drácula, pero un año antes del comienzo del rodaje el actor fallece de un cáncer de laringe a los cuarenta y siete años de edad, dejando abierta la puerta del estudio para otros candidatos y una gran preocupación en la mente de Laemmle Jr.