El siguiente proyecto comenzó por encontrar otro texto de terror clásico: Frankenstein de Mary Shelley. Nuevamente, Laemmle Jr. ponía sus ojos en la adaptación teatral de la novela, avalado por el éxito cosechado en Nueva York y Londres. Siguiendo el mismo patrón en la producción y a pesar de ser del mismo año, el producto final fue radicalmente distinto a Drácula: un guión más dinámico, unos diálogos más fluidos, un director de procedencia teatral (frente a Browning, quien venía de hacer cine mudo) mejor adaptado a las nuevas demandas del cine sonoro y en definitiva, un film de mejor factura.
James Whale, director que ya había cosechado un éxito para la Universal con El puente de Waterloo, aceptó el proyecto interesado por la magnitud del mismo y por no querer ser encasillado como realizador de películas bélicas. Su experiencia vivida en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, le convertían en el director idóneo para una película que, como Van Sloan describe en la advertencia previa al film, trata de «los dos grandes misterios de la creación: la vida y la muerte».
Arranca la década. Un servidor tenía cuatro años. Un año difícil 1980. Difícil porque, aunque no es un año de buen cine en cantidad, sí tiene tres títulos muy contundentes: El imperio contraataca, El resplandor y Toro salvaje. ¿Alguien da más? ¿Os imagináis dirigir la mirada a la marquesina de vuestro cine más cercano y encontraros los carteles de esas tres películas compitiendo por atraer vuestra atención? No puedo imaginar semejante dilema. No obstante, 1980 fue el año de otros títulos inolvidables como The Blues Brothers, Aterriza como puedas, Viernes 13, Holocausto Caníbal, El lago azul o Al final de la escalera, uno de mis títulos favoritos del cine de terror.
Mi corazón está dividido. La mitad de él, como muchos de vosotros sabréis, pertenece a El imperio contraataca, y la otra mitad a El hombre elefante de David Lynch. Ante semejante disyuntiva, y tras una larga deliberación, he optado por hablar de la segunda, película mucho menos conocida, eternamente olvidada y mal entendida, muchas veces.
David Lynch tiene películas y películas. Y ésta es de las primeras. Yo me entiendo. Maravillosa fotografía en blanco y negro, inolvidable banda sonora de John Morris, exquisita ambientación, en definitiva, una película inolvidable en todos los sentidos, que me deparó tres sorpresas en mi infancia:
John Hurt, tan bien escondido tras ese disfraz que no supe reconocer al Kane de Alien o al Max de El expreso de medianoche. Hurt da vida a John Merrick, el hombre elefante, personaje tan interesante y jugoso desde el punto de vista dramático que le consagra como actor valiente donde los haya.
Anthony Hopkins. Le vimos, nos gustó, y no volvimos a verle hasta once años después en El silencio de los corderos. ¿Qué hizo Anthony Hopkins entre aquellos años? Mucha televisión. Mucha gente duda si Sir Anthony Hopkins ha sido joven alguna vez. Sí lo fue. Si lo quieres ver, El hombre elefante es buen ejemplo.
Anne Bancroft. ¡Cuánto me gusta esta actriz y qué poco la he podido disfrutar! Mucho teatro y poco cine. Apenas cuento con los dedos de una mano las películas que he visto de ella: El graduado, Agnes de Dios, Grandes esperanzas, y una muy desconocida Trilogía de Nueva York, que me muero por volver a ver.
El hombre elefante narra la verdadera historia de Joseph Merrick, ciudadano británico del siglo XIX, que fue conocido por ese nombre debido a las notables deformaciones físicas que atenazaban todo su cuerpo. Pasó la mayor parte de su vida explotado como una atracción de feria, y sólo cuando llamó la atención de la ciencia, en los últimos años de su vida, pudo ser conocido por su carácter dulce y educado, así como por una inteligencia superior a la media. Aunque todavía no se sabe con absoluta certeza, se cree que pudo haber padecido una grave variación del síndrome de Proteus.
El hombre elefante es película para todos los públicos y para todos los tiempos; está deliciosamente narrada, de forma lineal, sencilla, delicada, con el ritmo que sólo el buen cine tiene. Nos sumerge en un Londres maravillosamente oscuro, sucio, cruel y despiadado, raramente retratado con tanta maestría y nos descubre a este personaje grotesco y frágil, horrendo pero sensible y virtuoso. John Merrick, porque en la película se llama John y no Joseph, es un rayo de luz en ese Londres tiznado de borrachos, prostitutas, ratas y superstición. Gracias al doctor Frederick Treves el mundo conocerá al hombre detrás de la máscara, al hombre detrás del monstruo.
Siempre he sido un amante del cine de terrorclásico, no es ningún secreto. Por eso me atrajo El hombre elefante. Lynch nos acerca a la criatura como a una atracción de feria, como lo harían Tod Browning en su Parada de los monstruos, o en Drácula, o James Whale en Frankenstein. Pero ésta no es película de terror, sino de realismo fantástico.
Nadie duda ya en colocar a El hombre elefante entre los clásicos del drama. Si no la has visto, tienes una asignatura pendiente. No te defraudará. Cinco estrellas.
Cualquiera de estas noches es una buena noche para volver a ver El hombre elefante. Lo haré. Apagaré las luces, dejaré sonar el adagio para cuerdas opus 11 de Samuel Barber y la voz, torpe, de John Merrick volverá a recordar: “No soy un monstruo, soy un hombre”.
Hoy me gustaría hablaros de una de esas miles de pequeñas historias sin importancia que habitan dentro del mundo del cine, una de esas que, tal vez, no se entienden bien por aquellos que no son unos chiflados del séptimo arte, como lo es un servidor. Hoy me gustaría hablaros de un sonido, no de uno cualquiera, sino de uno que fue registrado en 1931 para ser utilizado en la mítica película de Frankenstein, el clásico de la Universal dirigido por James Whale, con Boris Karloff en el papel de monstruo. Se trata de un trueno, un espectacular trueno que sonaba así:
Los americanos lo llaman, de forma cariñosa,el Castle Thunder, el Trueno del castillo, precisamente porque suele ir acompañando a imágenes de castillos o de casas encantadas, en noches oscuras y tormentosas. Este es, sin duda, el más clásico de todos los truenos que ha sonado en una película, un viejo amigo que se ha estado utilizando durante más de setenta años y aún hoy día se sigue haciendo. Y no solamente ha amenizado las peores pesadillas del celuloide, sino también momentos gloriosos como los 1,21 gigovatios que mandaron de Regreso al futuro a Marty McFly a bordo de un DeLorean, gobernado por un condesador de fluzo, dicho sea de paso.
También se ha utilizado como elemento para la creación de otros sonidos, como los de la nave Enterprise de Star Trek o los cañones láser de la Estrella de la muerte en La guerra de las galaxias.
Como es natural, hoy día existen grabaciones con más calidad y fidelidad que la del viejo y entrañable Trueno del castillo; por un momento, imaginad las herramientas de grabación de hace 78 años. Dudo mucho que se pueda seguir empleando, con la demanda de calidad que los nuevos soportes audiovisuales exigen. Sin embargo, pocos truenos pueden presumir de ser tan veteranos y populares como éste. Casi con toda seguridad, el Trueno del castillo ha adquirido un status que difícilmente otra grabación del mismo género pueda adquirir nunca.
Roque.
PD: ¿Por qué siempre faltan diez años para que conduzcamos coches de hidrógeno?
Hablando hace unos días con mi amigo Curro surgió en nuestra conversación lo fantástica que era la serie La familia Monster. Hace casi un año me hice con ella, con la primera temporada, respondiendo a un impulso innato de adquirir todo aquello que tenga que ver con los monstruos clásicos, o sea, Drácula, Frankenstein y el hombre lobo, y fue un acierto absoluto, tanto que me la vi de un tirón. Se trata de una de esas series a las que el tiempo ha bañado con la magia de la nostalgia. Verla es viajar a los años de la infancia, de la mía, a los años 80, donde la serie era puesta, o repuesta, no lo sé, por la única televisión que llegaba a nuestros hogares.
Será el doblaje mejicano. O su humor blanco, inocente, simplón. Serán las risas enlatadas que saltaban a la más mínima mueca de Herman Munster, genialmente intrepretado por Fred Gwynne. Será la mansión imposible. O el laboratorio del abuelo, Al Lewis. O la presentación de personajes en cada comienzo de capítulo de la primera temporada, guiada y orquestada por una increíble Yvonne de Carlo. O su música genial, tan de los años 60…
Los Monsters llega a las televisiones norteamericanas apenas unos días después de que lo hiciera otra célebre, e inevitablemente comparada, serie: La familia Addams. Una dura batalla televisiva entre la CBS (Munters) contra la ABC (Addams). Y aunque parezca curioso, ninguna de las dos permaneció más de dos temporadas en pantalla. Sin embargo su legado ha trascendido mucho más allá en el tiempo, aunque parece que, a la larga, ha sido La familia Addams la que haya podido salir victoriosa, por aquello de las películas que más tarde se hicieron y un remake que hubo de la serie.
La familia Monster supone el fin de una era dentro de los estudios Universal. A veces se nos olvida que fueron esos estudios los que crearon a los monstruos clásicos tal y como los entendemos: a Drácula, un mago con su capa y chistera; Frankenstein, con plataformas, cabeza cuadrada y los tornillos en el cuello… Ellos los crearon, levantaron un imperio gracias a las películas que protagonizaban los monstruos, más de sesenta en esta etapa, con títulos tan geniales como Drácula o La Momia, o tan delirantes como Frankenstein contra el Hombre Lobo o La zíngara y los monstruos; y ellos también acabaron con esos mitos, los estereotiparon, los ridiculizaron y, sin quererlo, los volvieron a elevar a la categoría de inolvidables.
De los Munsters se pueden contar decenas de anécdotas y curiosidades. Una de mis favoritas es que la casa donde se rodaba la serie todavía sigue en pie en los estudios Universal de Los Angeles; es más, se encuentra en la misma calle del estudio donde actualmente se rueda la popular serie Mujeres Desesperadas, para más señas entre las casas de Susan y Gabrielle, ligeramente maquillada, como es obvio.
También ha llamado mi atención una página web creada y gestionada por Butch Patrick, el hijo de Herman y Lily Munster, Eddie, el pequeño niño lobo y uno de los pocos actores supervivientes de la serie, en el que ofrece sus servicios, junto a los de otras ex-celebridades locales del cine de terror, como Lisa Loring, Miércoles Addams para entendernos, Pat Priest, en su día Marilyn Munster, o incluso, atentos, Linda Blair, la niña de El Exorcista, para animar, amenizar y dar color a fiestas de Halloween, cumpleaños, reuniones de empresa…
Sí, así es Hollywood. Para bien o para mal.
Los que me conocen saben que no puedo conciliar el sueño si no es con el runrún de una película de fondo, y desde hace unos días son los Munsters los que me ayudan a hacerlo. No sé que tiene el cartón piedra, las telas de araña o el crujir de la madera, no sé qué activan en mi subconsciente, pero me invitan a acurrucarme bajo las sábanas, imaginar que llueve y hace frío en el exterior y que no estaré en mejor sitio que ahí mismo.