Los que me conocen saben que puedo pasar horas, literalmente, en cualquier tienda que venda libros o películas, y si son ambas cosas a la vez, el resultado puede ser exasperante, incluso para el más paciente de los acompañantes. No hay método de evasión más eficaz para un servidor, sólo por debajo de una buena película o un viaje inesperado.
Hace unos días descubrí que frente a mi casa han abierto una tienda de libros. ¡Qué gran noticia! Ya no habría que coger el coche para poder disfrutar de una tarde perdido entre estanterías plagadas de libros. Miré el reloj, las tres de la tarde, y seguía abierta: mejor aún, no cerraba a mediodía. Así que comí rápido y me planté allí.
Espaciosa, moderna, pero llamó mi atención los pocos libros que había: uno o dos ejemplares, incluso de los títulos de más rabioso tirón comercial. Cada estantería estaba bautizada por el tipo de libro que albergaba: una rezaba “Literatura”, otra “Viajes”, otra “Cocina”. Y de repente: Libros religiosos. Siguiente estantería: libros religiosos, libros religiosos, libros religiosos, libros religiosos infantiles. Y así el resto de la tienda. Uno de ellos estaba consagrado al Opus Dei. Así que ya entendí que no estaba en una librería normal y corriente. Menudo chasco. Menudo coitus interruptus.
Ojeé los estantes. Hojeé los libros. Una especie de tristeza se apoderó de mí cuando de repente vi el siguiente ejemplar:

Dos palabras sobresalen de esa portada, dos palabras que están de más, que no encajan, como si fueran piezas de otro puzzle, dos palabras que nadie debió colocar ahí: una de ellas es esperanza, la otra es curación. Del mismo modo que está prohibido publicar libros que enaltecen el terrorismo o los crímenes contra la humanidad, deberían prohibir que se publicaran libros así. Sentí rabia, vergüenza de vivir en un país donde estos libros descansan en determinadas librerías, y una profunda tristeza. Me marché y dudo que vuelva a pisar esa tienda.
Menudo coitus interruptus.
Continuaré hablando de libros y librerías. Hablaré de la pésima atención al público de la Fnac en Murcia y del excelente servicio de las tiendas Bertrand, que son pocas, pero que rozan la categoría de librería perfecta. Y por supuesto, hablaremos de Diego Marín, el mejor librero del mundo. Hasta entonces.
-Roque.