Sábado tarde. Una pequeña incursión en el centro comercial para reponer videoteca, necesito títulos con urgencia, es lo que tiene no poder dormir sin el runrún de una película de fondo, y las que tengo ya las tengo más que vistas.
Recorro los pasillos: drama, comedia, acción. Los vuelvo a recorrer en sentido inverso: acción, comedia, drama. No me estimula ningún título: cielos, Striptease, ¿todavía venden esto?
Al doblar la esquina me encuentro con la sección de documentales, siempre tan solitaria. ¿Y qué tal un documental? Ah, pues no es mala idea, el último que adquirí fue la serie Planeta Tierra de la BBC. Impresionante. Imprescindible. Ya le he dado varias vueltas, hasta he hablado de él a la gentes.
Curioseo. Saco uno al azar. Galápagos. ¡Caramba! De la BBC también. Qué casualidad. Son tres DVDs. ¿Me arriesgo? Venga, va…

Ya he visto la mitad y, cómo no, impresionante, imprescindible. Deliciosamente narrado por Tilda Swinton, retrata un mundo extraño, peligroso, pero lleno de belleza y majestuosidad. Altamente recomendable.
Qué orgullosos deben sentirse los británicos del legado documental que su televisión pública, con David Attenborough a la cabeza, está creando. La BBC dota de sentido a lo que, al menos, un servidor entiende, debe ser una televisión pública.
Hace unas semanas la BBC estrenaba, en prime time, Charles Darwin and the Tree of Life, un documental, escrito y presentado por el maestro Attenborough, con motivo del segundo centenario de su nacimiento (el de Darwin, claro), y en el que se ofrecía una visión perfectamente maravillosa de la evolución de la vida en la Tierra. A la misma hora, el mismo día, TVE emitía Mira quién baila.
Galápagos se une al resto de documentales que ya poseo de la BBC: Planeta azul, Deep Blue, Planeta Tierra, Tierra y Ciencias sobrenaturales.
Roque.